Vitrina de la ronda nocturna

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Poemas de Andrés Cisneros de la Cruz

Cuando de la perra escurrieron expulsados

                        los cinco cachorros

   ella sabía que sólo dos vivirían

y salió en busca del nutriente cadáver

       pero sólo encontró pájaros atrapados

  en cubetas metálicas

                 y ratas bermejas

      escapando por las ventanas

      llevó los adentros de estos pellejos

a las crías ciegas de piel arrugada

 pero la anciana con baldes de excremento cubrió los techos

para marcar con su olor todas las azoteas

y despojó a la perra de su camada

la arrojó a la calle

con patadas de zapatos viejos

y azotó la puerta por el óxido destejida

tras la pestilente pelambre

del percudido animal

perfumado de muerte

 La perra giró las noches alrededor de la casa

con ofrendas frutales en pañales rotos

ladró y trató de penetrar

la oscuridad que dejan las puertas

                                     cuando se abren

pero un palo le astilló la pata

     —que no volvió a levantar—

y supo que era la perra cochina

          que no quisieron ya en esa casa

y que corrieron con pala y pico en la mano

               para que no alimentara a sus bestias

con porquerías de terrenos baldíos

 Y la anciana corvada

con una blusa mal cocida

y botones dispares

lo dijo

“esos perros

tienen que aprender a comer

lo que yo quiera”

 Una semana después murió uno

                       Al otro lo atropellaron

             Nosotros lo sabemos

los alejaron de su perra madre

porque era lo mejor para ellos

 

Vitrina de luz tenue

Es por el olor que las veo

velas envueltas en papel

               enrolladas completas

excepto la fronda abundante en la cresta

                             mecha mojada en petróleo

que inflamada ahuma

    la oscuridad que aviva

El color amarillo de la luz

cubre suave

         casi aromando

la textura de las carnes

sobre el hueco hundido en la madera

      tabla redonda y ancha

desgastada en el centro

por el corte de los pliegues

delgados del gusto

                              astillas revueltas

          en el desmenuzadero

se adhieren a la frágil piel

que rompe el curvo filo del cuchillo

esos pequeños embriones de becerro

        tan melosamente preparados

            parecen huevecillos

                que revientan

                  en una flor

         El olor del clavo

   el cilantro y el diente de ajo

          la oscuridad de la pimienta

                  y la pizca del orégano

                       en el caldo

             impregnan

los fragmentos

         de carne suave matizada

                          en hebra sedosa

 Se hunde en mi lengua el sabor agudo de la blandura

          se me duerme el habla mientras degusto

                    y toda la furia del mundo

                        se convierte en un

                           delicado sabor

                            a láctea saliva

 

Vitrina de los mutilados

Hierven en el caldero

miembros burbujeantes

             cabellos que se enredan

en testículos y penes

                    y la grasa de la piel

                                 se derrite sobre algunas manos

La mutilación lenta

de los órganos hediondos

        ―convulsivos en las secreciones―

dentro de los espantosos recuadros de la noche

       Somos el aliento de la misma carne,

                                  ¿de qué nos asustamos?

                Devorémonos

porque nuestra vocación caníbal persiste

          preparemos el recaudo de nuestras tripas

                             para alimentar a las hojas

¿Quién dijo comer de mi cuerpo?

Bestiezuelas del hambre

no dejen que se pudra la comida

porque nuestro cuerpo no es distinto

                                    a ninguna materia

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